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Tlayacapan
Tlayacapan es un pueblo morelense de origen prehispánico, que se encuentra situado al final, o al inicio de una formación montañosa de admirable belleza; la propia interpretación etimológica de su nombre en náhuatl, nos hace pensar en el límite de las montañas, o bien, en el límite de las tierras planas que terminan en las enormes paredes naturales que se nos presentan como acantilados.

Y es ahí, en ese escarpado nicho natural, en donde encontramos a este pueblo mestizo que por todas partes nos muestra orgulloso, sus raíces indígenas y españolas; las primeras, en sus manifestaciones rituales y gastronómicas, y las segundas, en la lengua, en el trazo urbano y la construcción de sus edificios.
Así, algo que a simple vista se puede observar sobre la ubicación del pueblo, es que los primeros habitantes de Tlayacapan buscaron, quizá, la protección de las montañas, porque estas, parece que lo envuelven en una especie de abrazo maternal, como si la montaña hubiera dado a luz al pueblo, es decir, parece que el pueblo nació de la propia montaña, como creen que ocurrió, o más bien, como los antiguos indígenas creían que había ocurrido, pues el pueblo se encuentra junto a un cerro conocido como La Tonantzin, como si dijéramos, nuestra madrecita; un cerro que muy seguramente le dio la primera ubicación geográfica, antes del trazo urbano tipo español del siglo XVI, y es que la propia etimología náhuatl de pueblo, es altepetl, que literalmente hablando significa cerro del agua, pero que para el caso de una interpretación hermenéutica, podría ser la de un pueblo nacido del cerro del agua, de ahí que dicho cerro lleve el nombre de Tonantzin, es decir, según esta tradición, los hombres de Tlayacapan no eligieron el lugar en donde vivirían, fue su madre, la montaña, la que dio a luz a ese pueblo que sigue mostrando un profundo amor a la tierra, un profundo amor a su madre, que desde hace cientos de años los sigue cuidando, como ellos mismos la cuidan a ella, procurándose así, mutuo amor y bienestar.
De ahí que después de casi quinientos años de presencia española, los habitantes de Tlayacapan, aún sigan acudiendo a la cima de la montaña, a pedir el agua como lo hacían mucho tiempo antes de la conquista.
Sólo que hoy en día el agua es solicitada a la Cruz, es decir, a la representación de Cristo Jesús, pero antes de la conquista, el agua era solicitada a Tlaloc como sigue ocurriendo cada tres de mayo, en casi todos los pueblos indígenas del centro y sur de México, mostrando con ello, una renuencia a olvidar su compromiso con la madre tierra y para que Dios la dote del apreciable líquido, que año con año renueva la vida.
Cualquier persona ajena a la vida rural e indígena, podría asegurar que los habitantes de Tlayacapan y otros pueblos de características similares, son supersticiosos, porque no hay necesidad de subir al cerro a pedir agua a través de una ceremonia, que para los visitantes ocasionales sería rara y hasta curiosa, pues la misma naturaleza trae el agua sin necesidad de solicitarla.
De acuerdo a ese razonamiento, así podría ser, y sin embargo, para los habitantes de Tlayacapan que año con año suben al cerro a solicitarle el agua a Dios, no es así.
La fe de ellos nos muestra que los habitantes de Tlayacapan necesitan de los favores de Dios, así como Dios necesita de su devoción para seguir teniendo razón de ser, es decir, ambos se necesitan y se procuran para hacer posible la vida de la madre tierra y de todos sus hijos, principalmente de uno de ellos: el maíz, planta sagrada que fue hecha dios y hecha alimento, que al mismo tiempo cuida y sustenta a la tierra y a los humanos que la habitan, como lo atestigua un poema náhuatl de los anales de cuauhtitlan y que se refiere a ese dios que descrito de manera metafórica “Cubre a la tierra con algodones” una hermosa metáfora que en la temporada de lluvias la descubrimos en todo su esplendor, pues en las mañanas, la tierra de Tlayacapan amanece literalmente cubierta de nubes que a lo lejos semejan los algodones que menciona el poema, de ahí que ante esa imponente belleza natural, los habitantes de Tlayacapan estén convencidos de que sus ruegos y su fe, siguen haciendo posible las lluvias. De ahí que no quieren experimentar nada, de ahí que sea mejor seguir con la tradición, ¿para qué poner en riesgo el ciclo del agua? además, nada les quita subir al cerro en busca de dios para renovar su fe.
Así, el pueblo y Dios viven en armonía porque siguen dándose la vida y la razón de ser, por eso disfrutan las lluvias, muy a pesar de los truenos y relámpagos, porque al final de la noche, el pueblo amanece como un niño recién bañadito, vaporoso y lleno de aromas que se despiden de las flores que lo visten.

Este es Tlayacapan, un pueblo en donde no podía faltar la gran plaza principal, que permanece custodiada por un hermoso edificio que alberga los poderes municipales y por una imponente construcción religiosa rodeada de una enorme estructura de piedra para delimitar el atrio, que le da forma a la iglesia de San Juan Bautista y a su convento, hoy vuelto museo.
No podía faltar tampoco en este pueblo su mercado sabatino que semana a semana lo llena de alegría, lo llena de colores, de aromas y sabores; un mercado que invita y anima a la comunicación alegre y respetuosa entre compradores y vendedores, quienes finalmente, quedan satisfechos por el precio de los productos que compran o que venden.
Semana a semana, Tlayacapan se convierte en un pueblo lleno de vida, pues de la mayoría de las casas del lugar, sus dueños salen a vender sus productos de barro: cazuelas, jarros, platos, salseras, comales, ollas, en fin, todo lo indispensable para equipar las cocinas y comedores de nuestros hogares; venden también, artesanías para la casa, la oficina, para el taller, así como adornos para las mujeres que gustan de los collares, anillos, aretes, y mil cosas más.
Esto hace de Tlayacapan un pueblo lleno vida, misma que también es disfrutada en un amplio calendario de fiestas en donde el tronar de los cohetes y la armonía de las bandas de música, nos indican la calidad festiva del pueblo, quizá por ello se explica la presencia de una de las mejores bandas de música de viento del país, llamada Brígido Santamaría y que a pesar del tiempo nos sigue y nos seguirá deleitando por muchos años más.

Pero la existencia de estas bandas de música no podría explicarse tampoco, sin la presencia de esos grandes bailarines que año con año salen de sus casas ataviados con hermosos trajes bordados con motivos prehispánicos, formados de lentejuelas y chaquiras y que nos hacen recordar que dichas fiestas no son nuevas, sino que tienen un origen prehispánico, como nos lo muestra Fray Juan de Torquemada, aquel fraile franciscano que en el siglo XVI describe la petición de lluvia de los antiguos mexicanos, aquellos que también iban con rumbo a los cerros “bailando y echando saltos y brincos” como hoy lo hacen los chinelos, porque llenos de alegría y llenos de fe, acudían a cumplir con su Dios, para que este a su vez, siguiera cumpliendo con ellos.
Este es el pueblo de Tlayacapan, que lleno de bellezas naturales y de tradiciones te espera con los brazos abiertos y con la sonrisa que caracteriza a los pueblos felices, muy a pesar de las adversidades que se han hecho comunes en nuestro país; ven a tlayacapan para que descubras que todavía existen razones para vivir y para disfrutar.
Antrop. Jesús Manrique Villegas
Categrático del CESRM
Julio, 2010. Tlayacapan, Morelos
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